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sábado, 5 de enero de 2013

Antón Castro escribe de "Todos los besos del mundo" para la revista Mercurio

 
 Ilustración de Óscar Astromujoff para la revista Mercurio

El periodista y escritor Antón Castro escribe de Todos los besos del mundo de Félix Romeo (editorial Xordica) para la revista Mercurio, que dirige Guillermo Busutil. Puedes leer el artículo pinchando aquí:

La vida como literatura

Javier Tomeo dijo que Félix Romeo (Zaragoza, 1968-Madrid, 2011) vivió “amorosa e irremediablemente herido por las letras”. Quizá sea una de las mejores definiciones de este lector compulsivo y convulso que siempre tenía una mirada sobre todo. Pasión, humor, lucidez y curiosidad. También tenía un punto de vista sobre los cuentos, que, en su trayectoria de más de veinte años de escritura, nacieron del encargo. La escritora y bibliotecaria Eva Puyó y el escritor y editor Chusé Raúl Usón recogen sus cuentos en Todos los besos del mundo, una de las frases que Félix más solía usar en sus e-mails o en sus sms. Cuentos que son “fotografías de época, radiografías internas o breves películas de Super 8”. En sus relatos deslizaba y ahondaba en sus obsesiones: la relación con el padre, real o de ficción, que solía mitificar; las pistolas, que están emparentadas con Luis Buñuel y con su progenitor, que tuvo una tienda de ultramarinos y coloniales en Cuba, y con autores de novela negra como James Ellroy; el amor y las relaciones de pareja, y los viajes. Sus personajes, como él, siempre andan alrededor del mundo: por México, Nueva York, Lisboa, Oporto… O por Niza, como sucede en esa pieza magistral de amor y terremoto que es “Temblor”. En Glasgow, Oporto, Madrid y Zaragoza discurre “Sonia y Natalia”, la narración de dos amores, en los que es difícil eludir la huella autobiográfica del autor. También hay cuentos que suceden más cerca: en Gallocanta, donde se narra el espectáculo de las grullas, en Los Monegros o en los alrededores de Daroca, donde hay una cárcel, otro de esos temas que le persiguieron: estuvo en la prisión de Torrero (Zaragoza) como insumiso y redactó la novela Noche de los enamorados (Mondadori, 2012). Otra de las obsesiones de Félix Romeo era su propia ciudad, Zaragoza. Y a lo largo del libro, muchas de las ficciones transcurren en ella: “La novia del viento”, “A man with a gun. Thanks!”, donde une a un policía con el futbolista Saturnino Arrúa y el luchador Félix Lambán, durante el rodaje de la película Culpable para un delito, o “Una isla flotante”, que gira en torno a una tesis doctoral sobre el río Ebro, “donde el agua es profunda, temible y violenta”, a los sueños de un escritor y al recuerdo de un crimen. A Félix Romeo le gustaban las piscinas y redactó el cuento “La piscina”, no le gustaban los animales y firmó un cuento excepcional, repleto de sutileza y erudición, “El hombre invisible y el zoo de los Bowles”. También evoca su infancia en el verano de 1975 en su último texto. El libro rezuma vulnerabilidad, búsqueda, variedad: para él la vida y la literatura eran vasos comunicantes. Las palabras nacían del latido de existir.

viernes, 12 de octubre de 2012

"Todos los besos del mundo" en el Suplemento Especial de las Fiestas de Heraldo de Aragón

Antón Castro escribe en el "Suplemento especial de las fiestas" de Heraldo de Aragón del 7 de octubre sobre la presentación de Todos los besos del mundo de Félix Romeo:


Con amor y alcohol

La ciudad ya revienta de clamores y de tribus. Todo estalla. Todo se mueve más allá del rescate. Por ejemplo, la maravillosa terraza del Museo Pablo Serrano, esa habitación abierta hacia la ciudad y todos sus celajes, tan infrautilizada, escuchó algunas lágrimas por
Félix Romeo y maravillosas canciones: Juanjo Javierre regresó por el túnel del tiempo más inspirado que nunca, Gonzalo Alonso (Gonso) trajo la hondura, el glam y su melena enmarañada de divo modesto, Petisme reestrenó elegía y ‘Azzurro’, y Octavio Gómez
Milián ejerció de rapsoda. En otro lugar, el homenaje a Más Birras desataba un sinfín de recuerdos: el inefable Mauricio, cuya sombra aún pasea en bicicleta por la ciudad hacia La Campana de los
Perdidos. Gonso partió a cerrar la noche con las baladas eternas de Aznar-Sopeña: ha vuelto a la carretera con La Querencia y sigue componiendo melodías. Dice que le cuesta escribir poemas: antes
llevaba los bolsillos llenos de versos, de frases felices, de aforismos. En otro lugar, Fangoria reventaba una nostalgia reciente. Y en Casa Emilio, en recuerdo de uno de los enamorados más constantes de Zaragoza, sonaban canciones del alma. Battiato, Andrés do Barro, Marisol, Springsteen. En noches así, el incitador Félix pedía salud, dinero y amor. Y un poquito de alcohol.

"Todos los besos del mundo" en el blog de Antón Castro


 
El escritor y periodista Antón Castro habla de Todos los besos del mundo en su blog. Esta noticia también aparece en Heraldo de Aragón en su versión digital:

"Félix Romeo Pescador (Zararagoza, 1968-Madrid, 2011) escribió: “Soy escritor y vivo de las palabras. De ordenarlas y de desordenarlas. De hacer que digan cosas que siento y cosas que creo y cosas que suceden, las quiera o no, y cosas imaginarias y deseos y cosas que veo. (...) Soy escritor y también soy lector (...) Sí, me gustaría tener algo más que palabras. Pero no me gustaría quedarme sin palabras”. Las palabras fueron sus aliadas: en la lectura, en la tertulia, en las confidencias y en su correspondencia, en los emails o en los sms (solía despedirse con la frase “Todos los besos del mundo”) y en la escritura.

Gracias a su madre Carmen Pescador fue un lector incipiente, y no dejó de escribir jamás: artículos, poemas, prólogos, catálogos de arte, novelas, falsos diarios, diccionarios, novelas-reportaje o novela-crónica, como podrían calificarse libros como Amarillo (Plot, 2008), el relato de tres jóvenes en Barcelona cargados de sueños, o el póstumo Noche de los enamorados (Mondadori, 2012), donde hace la radiografía de un crimen, vinculado a su estancia en la cárcel de Torrero en su condición de objetor de conciencia insumiso. Y escribió cuentos sin parar: cuentos de encargo, sobre todo. El encargo era para él un estímulo: le obligaba a vencer cualquier resistencia o amago de pereza.

Firmó cuentos, de diversa factura y de varia obsesión, desde principios de los 90 hasta su inesperada muerte en Madrid. Y esos cuentos, diecisiete en total –aunque el primero, ‘Buscando el cielo’, en realidad contiene tres textos, más bien complementarios, sobre Gallocanta, Calanda y Los Monegros-, han sido recogidos por la escritora y bibliotecaria Eva Puyó y por el escritor y editor Chusé Raúl Usón en el libro Todos los besos del mundo (Xordica).

En varios de los primeros relatos, casi a la manera buñuelesca, se perciben dos obsesiones explícitas: la figura del padre y la pistola. Su padre, Félix Romeo, fue policía y esa profesión marcó el imaginario de su infancia. ‘Gallocanta’ arranca así: “Habíamos ido a ver las grullas y yo solo pensaba en mi padre”. ‘Monegros’ es un texto que parece desgajado de su novela de iniciación: Dibujos animados (1994). En el segundo relato, la pistola ya está ahí, como un objeto extraño en la vida de pareja: “Esta es una historia de amor. Aunque hay una pistola. Le pondré una pistola a Carmen en la cabeza y le diré que me diga que me quiere”. En el tercer texto, ‘A mad man with a gun. Thanks!’, dice: “Mi padre solo le ha puesto dos veces una pistola en la cabeza a un tipo”. En otro texto, de viaje, fuga y cárcel, anota: “México es el único lugar al que mi padre no puede ir, fue expulsado con deshonor por atraco a mano armada”. Y esa obsesión por el progenitor y las vidas peligrosas persiste en ‘Amar al padre’, donde cuenta: “Pagamos la fianza. Mi padre salió de la cárcel y un año más tarde, en el juicio, le condenaron a siete años de prisión”. En otro lugar, uno de los padres de ficción le pone una pistola en la cabeza al jugador Saturnino Arrúa.

Félix Romeo tenía otras muchas obsesiones: quizá su tema central fueran las tormentas de amor y desamor de las relaciones de pareja, siempre complejas, tortuosas y fascinantes; en ocasiones, las aborda con mucho sentido del humor, como ocurre en ‘Cinco camas y setecientos vinos’, el relato de una pareja, más bien ardorosa en sus encuentros, que destroza todas las camas que usa. Hay varios cuentos de amor, con viajes al fondo, con gastronomía y lecciones de francés, con la intimidad de cada día. “Grita terremoto, terremoto, y le besa en el cuello”, dice en ‘Temblor’, casi un microcuento de aire doméstico e inquietante. Hay muchas más cosas: la pasión por Zaragoza (“la novia del viento”, como la bautizó d’Ors) y el río Ebro, motivo de una tesis doctoral en uno de los mejores relatos del conjunto, ‘En una isla flotante’; el interés por los animales de compañía de los Bowles y William S. Burroughs. También están su visión cosmopolita, su afición a las ciudades, al arte y a los libros, y su equipaje favorito: la incorporación de su propia autobiografía a la ficción, tan presente en muchos textos y especialmente en ‘Verano del 75’.
‘Todos los besos del mundo’ es un libro paradójico: luminoso y doliente a la vez, vitalista y melancólico, límpido y a la par enmarañado de obsesiones, de ejercicios de estilo, de trampantojos de palabras, de búsquedas. Félix Romeo fue un escritor, un agitador y un ciudadano necesario que vivió “amorosa e irremediablemente herido por las letras”, como ha dicho Javier Tomeo."

En la imagen un retrato de Antón Castro por Alberto Aragón.